Salud

Muy pocas personas saben valorar la salud, a no ser cuando se enferman. Cuando yo era una niña, mi padre decía que todas las “Semanas Santas”, él las pasaba encerrado dentro de mi dormitorio, cuidándome, porque ya era un ciclo conocido, que en esas fechas yo tendría malaria, o sarampión, o tifoidea, o alguna otra cosa.


Yo nací y pasé mi infancia en Choluteca, una ciudad importante en el sur de Honduras, donde por el calor es más fácil que se incuben virus y bacterias. La malaria o paludismo era muy común en ese tiempo.


Tengo varios recuerdos de situaciones en mi salud, en que algunas veces tuvieron que llevarme a la capital para hacerme análisis especiales. Además, a los quince años de edad, experimenté la primera cirugía.


En mi edad adulta, recuerdo que con frecuencia padecía bacteriemias fugaces, que consistían en un día de fiebre y malestar generalizado, sin razón aparente, sin otro síntoma; solamente llegaba y así mismo desaparecía.


En una ocasión, siendo ya una profesional que laboraba para una empresa americana, pero desde sus oficinas en La Lima, Honduras; había viajado a New Orleans, donde me realizarían un chequeo médico general, de manera que encontraron un problema en el colon. Los médicos indicaron realizar una colonoscopía al día siguiente, por lo que muerta de miedo, hice “noche sin mañana”. Me da vergüenza decirlo, pero me escapé del hospital y de la ciudad.


Por otro lado, la depresión de había afectado mucho, al punto que el médico psiquiatra en Honduras, me había indicado antidepresivos, los cuales tampoco compré ni quise tomar. Igualmente salí huyendo del consultorio del médico.


A mis treinta y tres años de edad, padecía un serio problema de úlcera gastroesofágica, por lo que me indicaron un tratamiento completo, con batería de medicamentos. Unos de estos combatían la úlcera, mientras otros contrarrestaban los efectos de los primeros. Había perdido mucho peso, mi apariencia era famélica, no toleraba comer casi ningún alimento, y no encontraba la salida a dicha situación.


Así era mi vida y así era mi condición de salud, pero el Dios que me creó, me cuidaba y no se olvidó de mí. Un día, en septiembre de 1984, tuve un encuentro con Él, el Dador de la Vida. A través de Su instrumento útil, una mujer de Dios de Costa Rica, me sanó de una vez y para siempre. Como nunca antes, pude apreciar la salud, y la bendición de no seguir viviendo en enfermedad y opresión. Estoy eternamente agradecida a mi Señor por haberme sanado del espíritu, el alma y el cuerpo.



La Dra. Emma de Sosa a sus casi 70 años.

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