Recuerdos

Hace muchos años, cuando recién llegué a vivir a la ciudad de La Lima, en el norte de Honduras, trabajé para una compañía de investigaciones tropicales, parte de la United Brands, productora y comercializadora de bananos para exportación a mercados europeos y de los Estados Unidos.


Participé de un programa muy interesante de estimación de producción, a partir de pequeños lotes que se consideraban muestras representativas de la finca total. Me gustaba mucho mi trabajo, aunque no era nada parecido a aquello para lo cual me había especializado.


Una de las cosas que más me gustaba de mi trabajo, era el ambiente laboral, sobre todo aprecié mucho al personal que me tocó liderar como un equipo bien concertado. Mi asistente de campo y en ese proyecto en particular, era originario de Ecuador, muy inteligente y capaz, lo cual era un desafío y un estímulo para obtener los mejores resultados, para presentarlos a nuestros jefes. Juan era alguien nacido en cuna pobre, pero que se superó y logró escalar por su disciplina y dedicación.


Juan llegó a ser mi mejor amigo, y antes de irse a especializar, me presentó a un amigo suyo, quien dos años después se convirtió en mi esposo, por treinta y ocho años ya. Siempre le tuve un cariño especial a este joven peculiar, un tanto huraño y desconfiado, pero con un corazón de oro.


Cuando yo me encontré con el Señor Jesucristo y mi vida cambió dramáticamente, una de las cosas que me cargaba, era pensar en mis amigos de antaño, quienes definitivamente necesitaban también conocer al Salvador de sus vidas.


Juan se casó, tuvo varios hijos, pero luego se divorció. Trabajaba como gerente de una importante producción de bananos en Machala, Ecuador. Un día, Dios nos permitió vernos en Guayaquil, él llegó con su novia de entonces, mientras yo iba acompañada de una de mis hijas. Aproveché la oportunidad para hablarle de la importancia de conocer a Jesús. Él decía conocerlo a su manera, alegando que él era muy malo para merecer que Jesús se fijara en él. De vez en cuando le escribía para recordarle que él era amado de Dios, lo cual le costaba entender o recibir, debido a las heridas de rechazo en su corazón.


En estos días, recibí la dura noticia de que Juan había fallecido por un infarto cardíaco fulminante. Entiendo que no tuvo tiempo de nada, pero quiero creer que él tenía a Jesús en su corazón y que un día nos veremos en la casa eterna de Papá.


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