Gratitud

Recientemente mi esposo y yo cumplimos 38 años de matrimonio, por lo que pensé que sería lindo irnos un par de días donde pudiéramos descansar y disfrutar de la naturaleza, sin muchas distracciones de tecnología y demás. Me recomendaron un hotel que se encuentra en un cayo que pertenece a la isla de Guanaja. Hice todos los contactos y arreglos para ello.


Ese día, nos levantamos muy temprano y nos fuimos en nuestro carro hasta el aeropuerto Golosón de La Ceiba, donde abordamos un pequeño avión hacia Guanaja. Allí nos esperaba Gustin, quien era el conductor de la lancha que nos llevaría hasta el hotel. En nuestra travesía, Gustin paró en cierto lugar, para comprar dos tanques de gas y llevarlos al hotel. Luego se desvió un poco y recogió una pasajera más, ella se presentó como Reina, la cocinera del Hotel.


Poco después de que Reina abordara la lancha, las olas golpeaban la misma y esta se levantaba y caía de nuevo; yo me agarraba fuerte, pero llegó un momento en que le pedí a Gustin que por favor disminuyera la velocidad. Se me hizo eterno llegar al destino. Allá en el atracadero nos esperaba Érika y otra chica, quienes nos entregaron un frío y rico coctel de frutas como bienvenida. En seguida nos condujeron a la oficina, donde nos esperaba Nicole, una joven de unos 25 años, tal vez, muy suave y amable, quien nos hizo el papeleo de ingreso y nos entregó la llave de nuestra habitación, en segunda planta con hermosa vista al mar.


Dejamos nuestras maletas y enseguida fuimos al restaurante donde nos atendió Josué. Todo el personal era muy amable, interesantemente ninguno era oriundo del lugar, casi todos habían llegado de ciudades del norte del país. Ellos nos comentaron que vivían allí mismo en las instalaciones del hotel, y también allí comían. Su salario lo ahorraban para enviar a su familia, no tomaban día libre a la semana, para acumularlos y poder visitar a sus familiares de manera que valiera la pena.


El lugar era muy hermoso, pero la vida muy rutinaria. El Cayo se podía recorrer en un par de horas caminando. No había televisión en las habitaciones, ni tampoco internet o Wi-Fi. Comencé a preguntarme ¿por qué sería que una chica joven querría trabajar y vivir allí? Le pregunté a Nicole y me respondió: Mi padre trabajó muchos años para el dueño de este lugar, quien falleció hace dos meses. Él era mi padrino y era un hombre muy bueno y generoso.


Llegué a una conclusión, las personas por gratitud son capaces de hacer cosas que normalmente, nadie haría. ¡Que se despierte en nosotros la gratitud a Dios!

Rigoberto y Emma Sosa

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